Detrás de la canción “Mírame”
Los últimos años me ha costado deshacerme de esas pequeñas voces que me hacen dudar de que lo que hago sea lo suficientemente bueno. Quizá sea porque con los años voy creciendo y siento que la calidad de mi música también debería evolucionar.
Pero, como alguna vez mencionó una de mis profesoras al hablar de Anne Lamott y su libro Bird by Bird, refiriéndose a esas pequeñas voces —quien haya practicado alguna disciplina creativa sabrá exactamente a qué me refiero—:
“Tienes todas esas voces; mételas en un frasco y ponle la tapa”. Todas esas voces que te gritan: “No sirves para esto”, “No hagas eso”, “¿Por qué haces eso?”. Todos tenemos esas voces. Solo mételas en un frasco y aprieta bien la tapa. Así aprendemos a abrazar la imperfección.“
Precisamente, esta canción es la primera de una serie que ha surgido de la práctica de encerrar todas esas voces en un frasco, ponerles la tapa y apretarla con fuerza (aunque muchas veces se me escaparon) y aprender a abrazar la imperfección. Así que, si notas que la canción suena demasiado imperfecta, probablemente sea por eso… (o al menos eso me digo)
La música siempre ha ocupado un lugar importante en mi vida, aunque la verdad es que yo nunca me he considerado un “músico” en el sentido tradicional. He conocido a lo largo de los años a personas que, con sus instrumentos, logran tocar cosas increíbles, y por eso me resulta difícil llamarme a mí mismo “músico”.
Creo que mi interés por la música tiene que ver más con el ejercicio de intentar traducir alguna idea, algún sentimiento, algún momento que me conmovió o alguna imagen que tenga en mi mente a letra y sonidos, que con la habilidad que pueda tener con algún instrumento. Pero debo decir que admiro a quienes poseen esas capacidades técnicas y creo que prepararse mejor siempre es una buena opción en cualquier área.
El propósito de este texto es compartir un poco del proceso detrás de la canción y de lo que intento “traducir” con ella. Dicho esto, ahora intentaré explicarlo lo mejor que pueda.
Crecí en un hogar cristiano, específicamente evangélico, y me considero cristiano, aunque no en el sentido que muchas personas suelen tener en mente. No practico un cristianismo basado en una relación transaccional con Dios, en la que se cumplen ciertas reglas o acciones para obtener recompensas o evitar castigos, sino un caminar hacia una conciencia más profunda, que invariablemente conduce a la reconciliación de muchos opuestos y al amor, a la aceptación y a la compasión. Y, en ese camino espiritual hacia una mayor conciencia, descubrí la práctica de la contemplación.
En pocas palabras, la contemplación es la práctica de detenernos, prestar atención en nosotros mismos y en lo que nos rodea, y así lograr reconocer la presencia viva de Dios en todo, o, como también me gusta llamarlo, la expresión de Dios en todo. La vemos en la creación, en la naturaleza, en los frutos de un árbol o, como poéticamente lo dijo el salmista, en los ríos que baten palmas y en las montañas que cantan de alegría.
Moisés se detuvo frente a la zarza que ardía sin consumirse. Al mirarla, notó que algo más grande estaba allí, algo que llamaba su atención y que también tocaba su corazón. Fue en ese momento, a través de esta experiencia, que Dios le habló y le dijo: “He visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto”. Y así, su encuentro con lo sagrado no quedó solo en la mirada, sino que le dio misión, dirección y el propósito claro de liberar a su pueblo de la opresión.
De la misma manera, cuando nos detenemos y aprendemos a ver, descubrimos a Dios en la sombra de un árbol, en los frutos que nacen del tiempo, en los ríos, en las montañas, en la risa de un niño, en quienes sufren, en los migrantes, y en cada rincón de la vida también recibimos dirección, propósito y una invitación para actuar y responder al mundo que nos rodea.
Hemos construido un cristianismo atravesado por agendas políticas, culturales o ideológicas que, en ocasiones, nos enseña a rechazar a personas o grupos en nombre de Dios, especialmente a quienes piensan o actúan de manera distinta a la nuestra. Intentamos limitar el cuidado de Dios a nuestro propio grupo o a nuestra religión. Sin embargo, Jesús no restringe su generosidad a unos pocos. La realidad es que extendió la generosidad divina a los gorriones, a los lirios, a los asnos y a la hierba del campo (Mateo 10:29; Lucas 12:22-29), e incluso “a los cabellos de la cabeza” (Mateo 10:30).
Estas categorías y etiquetas que usamos —como “nosotros” y “ellos”— son, en realidad, etiquetas del ego. Como dijo Thomas Merton, Dios nos encuentra en la desposesión de la desposesión: cuando no nos anclamos a cosas, a etiquetas ni a seguridades externas. Es entonces cuando podemos escuchar con claridad la voz de Dios, diciendo: “mírame”.
Gracias por tomarte el tiempo de leer hasta aquí.
– Abe del Castillo