Existen tradiciones en el mundo que consideran que tanto los bebés que inician su vida como los ancianos que están por terminarla se encuentran en un estado de mayor cercanía con lo divino. Tengo una sobrina que está por cumplir dos años y disfruto mucho observarla jugar, divertirse y reír; incluso, hay momentos en que, al mirarla, también puedo vislumbrar con más claridad ese jardín que, a la vez, me acerca a mí a lo sagrado, permitiéndome adentrarme y pasear por ese jardín del cual todos venimos.
Cuando somos niños, aún no hemos construido nuestro “falso yo” o “ego”, o, como lo llama el apóstol Pablo en lenguaje espiritual, “la carne” (en griego, sarx) o el “viejo hombre” que necesita ser despojado. El viejo hombre busca seguridad, control o aprobación. En la primera infancia no existe todavía esa necesidad de definirnos, de compararnos o de separarnos. Habitamos el mundo sin tantas capas y sin tantas defensas. Vivimos en una conciencia unificada con Dios y en un estado de desposesión que debemos seguir procurando durante toda nuestra vida. Yo creo que esto es a lo que Jesús se refería cuando dijo que debíamos cambiar y volvernos como niños para ver el reino de los cielos.
Tú, que duermes en mi pecho, no eres encontrado con palabras, sino con desposesión dentro de la desposesión. Thomas Merton
Es decir: encontramos a Dios soltando lo que creemos que somos y lo que creemos que sabemos. Desposeernos de todo lo que hemos construido para definirnos; desposeernos es desprendernos de esa necesidad constante de afirmarnos, de tener la razón, de sostener una identidad rígida. Es permitir que todo aquello que hemos usado para definirnos —etiquetas, logros, heridas, incluso nuestras propias interpretaciones— pierda peso. No porque no importe, sino porque no es lo más profundo de nosotros.
Pero entonces llega un momento en la infancia más avanzada donde, como en el relato de Adán y Eva, comemos del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal y comienza lo que se conoce como el estado de alienación o separación de Dios y de nuestra identidad más profunda y verdadera. Es algo que sucede y que tiene que suceder con todos nosotros.
Comenzamos a construir una mirada dualista, como lo llama mi maestro, y creamos etiquetas que separan entre bien y mal, blanco y negro, nosotros y ellos. Así es como nace el ego y el ego, curiosamente, no se construye sobre lo que somos, sino principalmente sobre lo que no somos. “Yo no soy como ellos, yo no soy como él, yo no soy un pecador, yo no vivo así”.
Y en este estado de separación nuestros ojos se abren, tal como los ojos de Adán y Eva se abrieron (Génesis 3:8), a un universo dividido. Dejamos de ver la realidad desnuda tal y como es, dejamos de confiar en que la realidad es buena, y que nosotros también lo somos. Y al adentrarnos en este universo, empezamos a sospechar y dudar de Dios, de los demás y de nosotros mismos. Y al dudar de nosotros mismos comienza a crecer la vergüenza, nos damos cuenta de que estamos desnudos (Génesis 3:8), nacen los sentimientos de insuficiencia y vulnerabilidad, y nos sentimos inseguros, apartados y excluidos. Sentimientos que todos los seres humanos cargamos de alguna forma u otra, pero intentamos disfrazar. Tal como Adán y Eva lo intentaron cosiendo hojas de higuera para hacerse taparrabos (Génesis 3:7).
Usamos muchos disfraces para ocultar nuestra vulnerabilidad, recolectamos hojas de higuera para cubrirnos. Algunos se envuelven en disfraces de logros, dinero y reconocimiento, otros se revisten de espiritualidad, usando palabras y prácticas religiosas para no ver su propia desnudez. Solo por mencionar un par de ejemplos. El verdadero problema comienza cuando confundimos el disfraz con nuestra identidad; en este momento se comienza a construir el “falso yo” y es en esa desconexión de nosotros mismos que comenzamos a dividirnos colectivamente, aun cuando el propósito de Dios es la unión.
Lo que sucede después en el relato de Adán y Eva es mi parte favorita. Aquí es donde vemos la responsabilidad y la tarea que Dios nos confía: la de acercarnos tal como él se acercó a Adán y Eva, con una pregunta tierna: «¿Quién te dijo que estabas desnudo?» (Génesis 3:11).
¿Quién te dijo que no vales?
¿Quién te dijo que no eres digno?
¿Quién te dijo que no eres bueno?
Dios nos hizo partícipes de su presencia aquí en la tierra; nos invita a nosotros a sostener, acompañar y reflejar su amor en la vida de quienes nos rodean. Un canal hacia la salvación, que es el amor pleno de Dios.
Realmente, encontrar a alguien que nos ame tal como somos, incluso con todos nuestros errores y aparentes defectos, es la mejor medicina; es la puerta de entrada que nos conduce al cielo y a nuestra verdadera salvación. Es la forma en que podemos salvarnos los unos a los otros aquí y ahora. Más que una garantía para una vida futura, la salvación es una invitación a experimentar el cielo ahora mismo. Al final, si hoy soy aceptado por Dios sin merecerlo, su amor no tiene por qué cambiar después.