Hace unos meses vi una película llamada Silence, del director Martin Scorsese, basada en la novela Silencio (沈黙, Chinmoku), del autor japonés Shūsaku Endō. La película trata sobre dos jóvenes sacerdotes portugueses que deciden emprender un viaje hacia Japón después de enterarse de que su maestro de tiempo atrás, el padre Ferreira, un hombre muy respetado que llevaba más de 20 años realizando trabajo misionero en Japón, había cometido apostasía. Ellos, por supuesto, estaban muy confundidos y les costaba creer que su antiguo maestro de seminario renunciara a su fe cristiana.
Al llegar a Japón, los dos sacerdotes se encuentran con comunidades cristianas ocultas en aldeas que practicaban su fe en secreto. Se encontraban parados frente a un panorama profundamente sombrío, ya que, en el Japón del siglo XVII, el cristianismo era brutal y violentamente castigado por razones históricas, políticas y culturales, por lo que la misma presencia de los dos sacerdotes jesuitas representaba un riesgo no solamente para ellos, sino también para las comunidades que ocultaban su fe cristiana.
Al ser cuestionados sobre su fe por las autoridades del gobierno, les colocaban una cruz de Jesucristo en el suelo y los obligaban a pisarla en señal de rechazo al cristianismo. Muchos de ellos se negaban, por lo que sufrían torturas y muertes violentas, convirtiéndose en mártires.
Después de muchas pruebas, marcadas por sufrimiento y muertes de miembros de las comunidades cristianas ocultas, solo uno de los sacerdotes logra sobrevivir (Rodrigues) y, casi llegando al final de la película, logra encontrarse con su antiguo maestro Ferreira, pero, al verlo, se lleva una gran desilusión, pues parecía que los años que llevaba trabajando en aquel país lo habían cambiado de una forma que, para Rodrigues, era inaceptable.
La renuncia de su antiguo maestro Ferreira a su fe cristiana era una realidad e incluso parecía irrevocable, y, al encontrarse cara a cara, tienen la siguiente conversación:
Ferreira
—He estado en este templo por un año. He trabajado en este país por quince años. Lo conozco mejor que tú. Nuestra religión no arraiga aquí.
Rodrigues
—Porque las raíces han sido arrancadas.
Ferreira
—No. Porque este país es un pantano. Nada crece aquí. Plantas un brote y las raíces se pudren.
Rodrigues
—Hubo un tiempo en que el cristianismo creció. Y floreció.
Ferreira
—¿Cuándo? Los japoneses solo creyeron en su propia distorsión de nuestro evangelio. Nunca creyeron de verdad.
Rodrigues
—¿Cómo puedes decir eso? Desde la época de San Francisco Javier hubo cientos de miles de conversos aquí.
Ferreira
—¿Conversos? Francisco Javier vino a enseñar sobre el Hijo de Dios. Pero primero tuvo que preguntar cómo llamar a Dios en su lengua. Le dijeron: Dainichi. Para ellos, el sol es el Hijo unigénito. Los japoneses no pueden pensar más allá de la naturaleza. No pueden concebir a nuestro Dios cristiano.
Rodrigues
—Estás equivocado. Ellos adoran a Dios, nuestro Señor.
Ferreira
—Eso no es más que otra palabra para un dios que nunca conocieron. Su fe no estaba dirigida a nuestro Dios.
Rodrigues
—Vi hombres morir por Dios. No murieron en vano.
Ferreira
—En efecto. Están muriendo por ti, Rodrigues.
La frase “Están muriendo por ti, Rodrigues” para mí es el corazón de la película. Ferreira, después de presenciar el sufrimiento, las torturas y las muertes violentas que sufrían los japoneses, se encuentra frente a un punto de quiebre.
Se ve obligado a responderse a sí mismo la siguiente pregunta: ¿Es más importante la valentía y la profesión pública de mi fe, aun cuando eso pueda perjudicar a otros, o es más cercano al corazón de Jesús proteger al otro, aunque eso implique negar mi fe públicamente?
Yo, personalmente, creo que proteger al otro se convierte en un acto de valentía aún mayor, y la decisión del antiguo maestro Ferreira muestra su fidelidad incansable a su propia fe cristiana. Reconocer la realidad de quienes están frente a nosotros y responder a ella es actuar tal y como Jesús lo haría.
Me pregunto cuántos esfuerzos hemos malgastado como cristianos y a cuántas personas hemos herido intentando imponer nuestras ideas, doctrinas o sistemas; incluso, cuánto hemos distorsionado muchas de estas mismas ideas que, en ocasiones, poco o nada tienen que ver con el verdadero corazón del evangelio, olvidando por completo voltear a ver la realidad de quienes están frente a nosotros.
Estoy convencido de que la luz no se impone, se comparte, y me atrevo a decir que algunas de nuestras ideas, que como cristianos hemos adoptado como una especie de “labores cristianas”, cubren la lámpara que Jesús mismo nos indicó que debíamos poner sobre un candelabro para que alumbrara a todos, cerrando así la puerta al amor, a la compasión y a la verdad.
Me parece muy significativo que Dios haya confiado en nosotros a tal grado de darnos la responsabilidad de que, con cada una de nuestras acciones, cada palabra o cada gesto, abramos o cerremos una puerta hacia lo sagrado.
Esto habla de un Dios que no se impone, sino que se oculta y se deja entrever en lo cotidiano, en lo frágil, en lo humano y en cada rincón de la creación.
No creo que nuestro trabajo espiritual sea defender a Dios, pues estoy convencido de que Dios no necesita guardianes; creo que nuestra verdadera tarea es reflejarlo. — Abraham Del Castillo