Cerrar

Lectura

Duraznos, amor y sufrimiento

Un recorrido sobre las puertas que nos abren los ojos a lo sagrado a través de la vida cotidiana, el amor y el dolor.

31 jul 2026 8–10 minutos Abe del Castillo

He vivido momentos en los que la niebla se disipa; momentos en los que se vuelve más fácil reconocer lo sagrado en mi caminar y, por supuesto, temporadas en las que pareciera que una nube gris opaca mi visión. Sigo, como todos los demás, atravesando ambos paisajes. Por momentos he atravesado temporales, bosques espesos, montañas y desiertos, y otros momentos donde el horizonte parece interminable y el cielo se ve más azul, momentos donde todo parece cargar con un cálido brillo. Momentos cuando Dios se revela en todo lo creado, en cada árbol, cada río, cada rostro.

Esto me hace pensar en un viaje que hicimos mi esposa y yo hace poco más de un año para visitar a sus padres en Colombia. Nos encontramos de nuevo con un pequeño pueblo de calles empedradas y balcones antiguos vestidos de flores, rodeado de montañas verdes: Villa de Leyva. Allí disfrutamos algunos días caminando sin prisas, descubriendo cada rincón de este pintoresco pueblo.

Villa de Leyva

Mientras íbamos de camino de regreso a Bogotá, nos detuvimos en un pequeño puesto de duraznos a la orilla de la carretera, atendido por una amable señora, donde compramos los duraznos más grandes, dulces y jugosos que he comido en toda mi vida.

En ese momento, mientras viajábamos por la carretera, viendo los impresionantes paisajes de Colombia, comiendo estos duraznos tan deliciosos y viendo a mi esposa y a mis suegros disfrutar los suyos, ahí me di cuenta de que había algo más. Algo que no puedo nombrar, pero sé que había algo más. En ese pequeño instante vi cómo el cielo invadió la tierra; un momento que parece tan insignificante, pero tan sagrado a la vez.

Y así como este momento, puedo recordar muchos otros momentos en los que también tuve la sensación de que había algo más. Todos ellos tienen algo en común: llegaron a mí atravesando dos puertas distintas: el amor y el sufrimiento. Son puertas diferentes, pero llevan al mismo lugar: uno donde se puede ver con más claridad.

Pienso en el enamoramiento: todo parece más brillante. Vemos la vida “en color de rosa”, como dicen por ahí. Los errores de la otra persona parecen insignificantes, o incluso desaparecen. Todo es fácil de soportar, perdonamos con más facilidad. En esta etapa vemos lo mejor de la otra persona, y muchas veces vemos lo mejor de nosotros mismos también, y eso nos transforma.

Quizás alguna vez has escuchado a alguna madre hablar de cómo cambia su hijo o hija cuando tiene una nueva pareja. Ahora es amable, recoge su ropa, se vuelve más atento, sonríe más, parece más generoso con su tiempo y su energía, se vuelve más considerado con su familia, ayuda más con las tareas del hogar.

Creo que esta etapa nos muestra algo más profundo, nos deja ver a través de una pequeña ventana lo que pasa cuando abrimos nuestro corazón. En primer lugar, nuestra percepción de las personas, de nosotros mismos y de nuestro alrededor cambia, y por consecuencia nuestra forma de actuar y de relacionarnos se vuelve más generosa, inclusiva y profundamente conectada con la esencia sagrada de todo lo que nos rodea.

Por otro lado está el sufrimiento. Hace casi 8 años falleció mi papá. En medio de la tristeza que sentía en ese tiempo, recuerdo un momento en la funeraria donde decidí ir hacia la parte de atrás para estar solo unos minutos. Al mirar por una de las ventanas, me di cuenta de que acababa de lloviznar y, a lo lejos, se podía ver el atardecer. Me quedé varios minutos observándolo, abrí la ventana para oler la tierra mojada y sentí algo muy profundo. Supe, en ese instante, que había algo más. Había algo más en el olor de la lluvia, en el atardecer, en las gotas que seguían cayendo ocasionalmente y en las personas que nos acompañaban ese día. En ese espacio de vulnerabilidad, el mundo se mostró con una tristeza brillante: la pena profunda convivía con la belleza innegable de la vida. Entendí que la tristeza y la belleza podían existir juntas, como si el cielo tocara la tierra.

El regreso a la normalidad

La realidad es que después de un tiempo regresamos a la “normalidad”. Así como el enamoramiento termina, también la claridad que tenemos cuando atravesamos por un momento de sufrimiento termina. Volvemos a nuestra realidad. El reto no es quedarnos en ese momento de claridad para siempre, porque no se puede. El reto es no olvidarlo. Es dejar que esa sabiduría se filtre en lo cotidiano, aunque ya no sintamos la misma intensidad. La “normalidad” a la que volvemos no tiene que ser igual que antes; podemos cargar con nosotros ese “algo más” que vimos, y dejar que le dé forma a cómo vivimos el día a día, con toda su complejidad. Así se vive una segunda simplicidad: recuperamos la alegría y la inocencia de antes, pero ahora sabiendo lo que sabemos, capaces de sostener juntas la luz y la sombra.

Tal vez de eso se trata “venga a nosotros tu reino”: no se trata de irnos al cielo, sino de traerlo aquí, a la tierra, ahora.

Casa Bandera