He vivido momentos en los que la niebla se disipa; momentos en los que se vuelve más fácil reconocer lo sagrado en mi caminar y, por supuesto, temporadas en las que pareciera que una nube gris se cierne sobre mí y opaca mi visión. Sigo, como todos los demás, atravesando ambos paisajes. Por momentos he atravesado temporales, bosques espesos, montañas y desiertos, momentos en que me mojan pequeñas gotas de preocupación que mi aprensión convierte en un chaparrón, donde la prisa, el miedo, la ilusión de tener el control,la necesidad de éxito o de ser reconocido por lo que hago o el cansancio oscurecen mi mirada más profunda. Otros momentos en que el horizonte parece interminable y el cielo se ve más azul, momentos en que todo parece cargar con un brillo cálido. Momentos en que Dios se revela en todo lo creado, en cada árbol, cada río, cada rostro.
Como el escritor y filósofo Miguel de Unamuno escribió en uno de sus ensayos sobre sus viajes:
“Aquellos paisajes que fueron la primera leche de nuestra alma, aquellas montañas, valles o llanuras en que se amamantó nuestro espíritu cuando aún no hablaba, todo eso nos acompaña hasta la muerte y forma como el meollo, el tuétano de los huesos del alma misma.” — Miguel de Unamuno
Yo creo que esa «leche» de la que habla Unamuno no es solamente la de la belleza de un paisaje, sino algo que bebimos aun antes de tener palabras para nombrarlo, como el niño que conoce a su madre antes de saber que la conoce: el Espíritu de Dios derramado sobre toda la creación, también conocido como «el misterio de Cristo». Tal vez por eso, cuando los nubarrones de la vida opacan nuestra visión, hay lugares y momentos que nos hacen recordar que, debajo de todo aquello que nos impide ver con claridad, también nosotros formamos parte de este maravilloso paisaje. Estamos, como él, empapados de la presencia de Dios. Dios no se ha ido nunca; somos nosotros quienes, por momentos —a veces prolongados—, dejamos de verlo.
Esto me hace pensar en un viaje que hicimos mi esposa y yo hace poco más de un año para visitar a sus padres en Bogotá, Colombia. Desde allí, viajamos juntos a un pequeño pueblo de calles empedradas y balcones antiguos vestidos de flores, rodeado de montañas verdes y su enorme plaza central: Villa de Leyva. Allí disfrutamos algunos días caminando sin prisas, descubriendo cada rincón de este pintoresco pueblo.
Mientras íbamos de camino de regreso a Bogotá, nos detuvimos en un pequeño puesto de duraznos a la orilla de la carretera, atendido por una amable señora, donde compramos los duraznos más grandes, dulces y jugosos que he comido en toda mi vida.
En ese momento, mientras viajábamos por la carretera, viendo los impresionantes paisajes de Colombia, comiendo estos duraznos tan deliciosos y viendo a mi esposa y a mis suegros disfrutar los suyos, ahí me di cuenta de que había algo más. Algo que no puedo nombrar, pero sé que había algo más. En ese pequeño instante vi cómo el cielo invadió la tierra; un momento que parece tan insignificante, pero tan sagrado a la vez.
Todos estos momentos llegaron a mí atravesando dos puertas distintas, dos paisajes aparentemente opuestos pero que llevan al mismo lugar: uno donde se puede ver con más claridad. Dos caminos universales y primarios de transformación que han estado disponibles para todo ser humano: el gran amor y el gran sufrimiento.Solo el amor y el sufrimiento son lo suficientemente fuertes para derribar nuestras defensas habituales del ego, romper nuestro pensamiento dual y abrirnos al misterio.
Pienso en el enamoramiento: todo parece más brillante. Vemos la vida “en color de rosa”, como dicen por ahí. Los errores de la otra persona parecen insignificantes, o incluso desaparecen. Todo es fácil de soportar, perdonamos con más facilidad. En esta etapa vemos lo mejor de la otra persona, y muchas veces vemos lo mejor de nosotros mismos también, y eso nos transforma.
Quizás alguna vez has escuchado a alguna madre hablar de cómo cambia su hijo o hija cuando tiene una nueva pareja. Ahora es amable, recoge su ropa, se vuelve más atento, sonríe más, parece más generoso con su tiempo y su energía, se vuelve más considerado con su familia, ayuda más con las tareas del hogar.
Creo que esta etapa nos muestra algo más profundo, nos deja ver a través de una pequeña ventana lo que pasa cuando abrimos nuestro corazón. En primer lugar, nuestra percepción de las personas, de nosotros mismos y de nuestro alrededor cambia, y por consecuencia nuestra forma de actuar y de relacionarnos se vuelve más generosa, inclusiva y profundamente conectada con la esencia sagrada de todo lo que nos rodea.
Por otro lado está el sufrimiento. Mientras escribo esto, coincide que en unos cuantos días se cumplen ocho años desde que falleció mi papá. En medio de la tristeza de aquel momento, durante su funeral, hubo un momento en la funeraria en el que decidí ir hacia la parte de atrás para estar solo unos minutos. Al mirar por una de las ventanas, me di cuenta de que acababa de lloviznar y, a lo lejos, se podía ver el atardecer. Era uno de esos majestuosos atardeceres del desierto de Sonora, al norte de México.
Me quedé varios minutos observándolo. Abrí la ventana para oler la tierra mojada y, al contemplar al sol besar la tierra, sentí algo muy profundo. Y ahí estaba otra vez el paisaje, quitándole el velo a lo sagrado, pero esta vez desde el sufrimiento. Ahí no pude ver la muerte ni la tragedia. Supe, en ese instante, que había algo más. Había algo más en el olor de la lluvia, en el atardecer, en las gotas que seguían cayendo ocasionalmente y en las personas que nos acompañaban ese día. Y en ese “algo más” también sentí la esencia más profunda de mi papá — sus enseñanzas, su voz, su amor — como si esa huella imborrable, que aún con el paso del tiempo permanece, se fundiera con esa presencia universal que lo abarca todo.
No estoy diciendo que al observar a través de esa ventana se completara mi proceso de duelo, un proceso que sin duda toma tiempo. Sino que, como suele suceder frente a una pérdida, al estar parado ante aquello que no podía cambiar y atravesando el dolor sin negarlo, se colapsaron mis certezas y se derrumbó la ilusión de poder controlar las cosas. Por un momento, involuntariamente, bajé la guardia del ego y, a través de esa rendición, pude escuchar a Dios susurrándome a través de la creación: «Sé que duele, pero estoy contigo, y me duele contigo». Y ahí, el Reino de los Cielos se hizo visible ante mí. Ese despojo involuntario de mis certezas, esa rendición, es lo que Jesús anunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos». Pero la mayoría de las veces vivimos tratando de acumular: buscamos respuestas a nuestro dolor, explicaciones a nuestras tragedias o alguna lección que nos devuelva el control.
En ese espacio de vulnerabilidad, de rendición, de despojamiento, el mundo se mostró ante mí con una «tristeza iluminada». Y ocho años después, cuando pienso en mi papá desde mis momentos de mayor claridad, ese recuerdo sigue apareciendo de la misma manera: no como una negación del dolor, sino como un dolor que parece haber sido atravesado por la luz.
Muchos años después, al leer estas palabras de Miguel de Unamuno sobre las ruinas de Pompeya, reconocí en ellas algo que yo mismo había experimentado en aquel funeral: una sensación frente al misterio de la muerte que no es solamente mía, sino profundamente humana.
«Contemplando las ruinas de Pompeya y, frente a ella, su verdugo, que lanza bocanadas de aliento de la madre tierra, se siente que es la muerte, un accidente de la vida, como la de la romana, junto a las ruinas que se tienden al pie de los montes, se oye cantar a la cigarra la eternidad de la vida y lo vano de la gloria… Como después de los años, no se siente sino más como un dolor, pero lleno de luz, como una tristeza iluminada». — Miguel de Unamuno
Lo vano de la gloria, lo vano de nuestros logros del ego, certezas y nuestras falsas seguridades. La muerte estaba allí, pero no era lo único que estaba allí. También estaba la vida. El Logos, la Palabra de Dios hecha carne (cf. Juan 1:1, 14), la presencia viva de Dios, el misterio de Cristo. La tierra entera continuaba y continúa respirando; el sol sigue besando las montañas. Mi tristeza era real —sé que hay dolores más grandes que el mío, los hay y lo sé—, pero, afortunada o desafortunadamente, esta ha sido, hasta el día de hoy, mi experiencia más profunda y desgarradora, y lo sigue siendo en muchos de mis días. La ausencia de mi papá es real, pero también es real la vida que continúa manifestándose delante de mí. La promesa de Dios no es librarnos del dolor o de las tragedias, sino no dejarnos solos dentro de ellas. Su presencia puede encontrarnos incluso allí donde pareciera que es más difícil verla: el mismo Espíritu que se derrama sobre la creación, el mismo Espíritu que habitó en Jesús y que lo levantó de entre los muertos, el mismo Espíritu que, aun frente a la muerte, sigue diciendo que la vida no ha terminado.
Hoy frente a mis propias ruinas de Pompeya alcanzo a escuchar el canto de aquella misma cigarra susurrándome que este no es el final de la historia: la vida continúa cantando.
Sin embargo, la revelación de lo sagrado no se limita a mostrarse única y exclusivamente mediante el gran amor y el gran sufrimiento. Una vez que aprendemos a ver —quizás, y seguramente, a través de las lecciones que estos dos caminos nos proveen— llegamos a lo que se conoce como la “segunda simplicidad”, donde aprendemos a percibir el misterio de Cristo en lo aparentemente trivial, en lo cotidiano. Me gusta pensar en ello como un regreso a esa edad en la que todo era nuevo y fresco, esa edad en la que todo nacía para nosotros a cada instante. Eso que vamos perdiendo con los años, tal vez sea el mismo efecto que los viajes tienen en nosotros: nos devuelven, aunque sea por un corto tiempo, esa mirada virgen ante el mundo.
Un día en que decidí visitar una de las playas cercanas a la ciudad donde vivo. Al llegar, después de manejar poco más de una hora, vi a lo lejos unas nubes grandes y oscuras que se iluminaban por dentro, solo mostrando el destello de los rayos. Tarde o temprano llegarían a tapar el sol que bañaba la arena y el mar.
Pasaron algunas horas. El mar se agitaba, el día soleado se volvió gris, y busqué refugio en uno de los comercios frente a la playa. Ahí me dijeron que se avecinaba una tormenta. Crucé la calle y entré a una pequeña cafetería. Afuera, al otro lado de la calle, el panorama era imponente: el mar embravecido, nubes grises cargadas de relámpagos que rasgaban el cielo. Era un paisaje majestuoso. Y, sin embargo, no fue ahí donde presencié lo sagrado.
Fue adentro, en la cafetería cálida y llena de gente que se refugiaba de la lluvia. Pedí un café, y ahí, sentado entre desconocidos, con la tormenta visible desde las ventanas, empecé a notar el murmullo de las personas allí dentro. Ruidos de fondo hechos de risas, tazas, platos, la campana de la puerta abriendo y cerrando, voces que no lograba distinguir del todo. Envuelto en esa orquesta humana, sin partitura y sin director, con una taza caliente entre las manos, dándole la espalda al espectáculo del mar, nubes y relámpagos, grabé ese momento como algo profundo en su total trivialidad. Fue el rumor de una cafetería llena de gente hablando de nada en particular. Ahí estaba también lo abismal, lo escondido, lo sagrado. Fue una mirada larga y amorosa, sin intentar entender, ni corregir ni arreglar nada.
Tal como lo reconoció el profeta Elías cuando, sentado en el monte, contempló un viento grande y poderoso que quebraba los montes; pero Dios no estaba en el viento. Después del viento vino un terremoto, pero Dios tampoco estaba en el terremoto. Después del terremoto vino un fuego, pero Dios no estaba en el fuego. Y después del fuego llegó un silbo apacible y delicado. Cuando Elías lo escuchó, cubrió su rostro con su manto, porque supo que allí estaba Dios.