En la tradición cristiana contemplativa, hablar de silencio interior no significa deshacernos o «vaciarnos» de todo ese ruido en que pueden convertirse nuestros pensamientos, nuestras preocupaciones o cualquier otra cosa que llevemos dentro. Se trata, más bien, de algo que puede parecer lo opuesto: de observarlos y de buscar un cambio en la manera en que nos relacionamos con ese ruido.
Al convertirnos en observadores de nuestros pensamientos, nos volvemos capaces de reconocer su procedencia. Podemos comenzar a entender por qué creemos lo que creemos, por qué reaccionamos de cierta manera, por qué nos duele lo que nos duele, por qué nos aferramos a ciertas ideas, por qué en ocasiones nos cuesta aceptar el amor que recibimos; y así se abre un sinfín de preguntas que quizá nunca nos habríamos detenido a hacernos.
Esto significa emprender un viaje con una pequeña linterna hacia nuestras profundidades, donde nos encontramos con partes de nosotros mismos que quizá enterramos hace tiempo, con recuerdos empolvados que todavía nos lastiman o con fantasmas que nos avergüenzan. Y aquí descubrimos la paradoja de que, precisamente cuando nos atrevemos a iluminarlos con nuestra linterna y observarlos, en lugar de combatirlos o intentar eliminarlos, comienzan a perder el peso que durante tanto tiempo han tenido sobre nosotros.
Aquello que permanece oculto en nosotros va dejando de influir en nuestra manera de vivir, y con ello se debilitan las barreras del ego, que intentaba a toda costa protegernos de ello actuando como un dictador invisible. Nos obligaba a reaccionar con ira, miedo o rechazo ante situaciones que nos recordaban, sin saberlo, alguna de aquellas cosas enterradas. Desconocíamos su origen y creíamos que simplemente reaccionábamos así porque esa era nuestra forma de ser.
Personalmente, entender esto ha sido un gran alivio, porque en alguna época de mis veintes fui demasiado reactivo y dejaba que las cosas me afectaran de más. Sin embargo, no fue sencillo llegar a comprenderlo. Crecí en iglesias evangélicas donde, quizá sin tener malas intenciones, escuché más de una vez que ese viaje no se emprende con una linterna, sino con una espada, para arrancar de tajo todo lo que encontremos. Todo era pelear, todo era guerra o una lucha espiritual.
Pablo escribe que «todas las cosas, cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas; porque la luz es lo que manifiesta todo» (Efesios 5:13). Esa luz no entra en el alma con la violencia de un guerrero que busca cortar cabezas, sino con la mansedumbre de Cristo, que ilumina para sanar. Lo que se expone con amor hacia la luz, poco a poco deja de pertenecer a las tinieblas y es transfigurado.
¿O no es esto lo que leemos en el relato de Jacob, que lucha toda la noche con Dios? Al acercarse el amanecer, Dios le hace una pregunta: «¿Cuál es tu nombre?». Y Jacob, cansado de pelear, pronuncia —saca a la luz— su nombre: Jacob, que significa «el que suplanta» o «el que engaña». Y es entonces cuando recibe un nombre nuevo, Israel, y con él, una transfiguración de su identidad más profunda. Ya no una identidad gobernada por el engaño, sino guiada por Dios.
También lo podemos ver en la crucifixión de Jesús, donde toda la violencia humana, nuestros miedos, nuestros prejuicios, nuestra necesidad de encontrar chivos expiatorios y las justificaciones que utilizamos para permitir el sufrimiento de otros quedaron al descubierto a través de la luz de las heridas de un hombre inocente que no vino a cortar cabezas, sino a lavar pies. Un hombre que no toma venganza contra quienes lo crucificaron, sino que atraviesa el dolor por nosotros para que pudiéramos ver que el final de la historia no termina en muerte, sino en vida. Jesús ilumina nuestras propias tinieblas no para liberarnos de un castigo violento por parte de Dios, sino para exponerlas y mostrarnos que existe otra manera de vivir.
No hay más gobernantes ocultos ni dictadores silenciosos dentro de nosotros… O como lo dijo Pablo: «Despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz» (Colosenses 2:15).
Es un viaje doloroso hasta los huesos que desemboca en una «conciencia unitiva» o, como lo llama Pablo, «la mente de Cristo» (1 Corintios 2:16): una mente universal de la cual formamos parte todos, pero de la que no siempre logramos sentirnos parte. Una mente donde podemos ver con más claridad, donde entendemos que somos parte de todo lo que nos rodea, que no estamos separados del misterio de Cristo, sino que somos parte de él.