Cada cierto tiempo en mi vida llega una temporada en la que mi corazón se empieza a inquietar. Es como si necesitara cambiar de lugar. No sucede de golpe ni como una crisis; más bien es como un cambio de estación. Algo en mí empieza a soltarse. Ya no puedo habitarme de la misma manera.
En este lugar no solo hay duda, temor e inquietud. También es el espacio donde alcanzo a ver algo que ya conocí alguna vez: sueños, planes e ideas que, con la rutina, habían quedado en pausa. No han vuelto del todo, pero se dejan entrever.
Caminamos con el día a día, y eso funciona por un tiempo. Nada de lo que vivimos es en vano, aun las cosas que no parecen ser tan positivas; todo nos forma y, de algún modo, nos enseña. Como dijo el apóstol Pablo:
Sabemos que Dios obra todas las cosas para el bien. Romanos 8:28
Luego nuestra alma empieza a levantar la voz. Aunque aparentemente todo está “funcionando”, algo en el fondo insiste: existe algo más, algo que merece nuestra atención, nuestra incomodidad y nuestra mirada más profunda.
Estos momentos —estas transiciones entre las “estaciones” de la vida— llegan para invitarnos a hacer un trabajo más hondo: un caminar hacia una conciencia más profunda. Abren un espacio para volver a preguntarnos, para escuchar con mayor atención la voz de Dios y para acercarnos a esa vida plena de la que habla Jesús.
En nuestra vida, ciertas piezas necesitan moverse para que nosotros también podamos movernos hacia un mejor plan. Y la mayoría de las veces ese “movimiento” implica también una muerte: muere una forma de vernos, una identidad que nos sostuvo por un tiempo, a veces esa forma de “funcionar correctamente” de la que hablaba anteriormente. Aquí es donde sentimos la duda, el temor y la inquietud. Algo tiene que morir para que algo nuevo pueda nacer. Y ese “nacimiento” no siempre coincide con lo que solemos llamar mejor: a veces implica cambios en nuestras relaciones, en lo que valoramos, en cómo nos miramos a nosotros mismos o en la forma en que entendemos el sentido de nuestra vida.
A veces ese mejor plan es algo mucho más sencillo. Tal vez es volver a vivir con intención. Tal vez es volver a hacer las cosas con amor. Tal vez es simplemente regresar al lugar donde dejamos de escuchar a Dios por el ruido de la rutina.
Creo que ese es un propósito de vida mucho mayor del que normalmente se cree: vivir conscientes, con atención y apertura a los cambios y a la duda.
A veces, esos momentos oscuros de incertidumbre y duda son la oportunidad para encontrar la luz. Soltar aquello con lo que hemos cargado, o incluso lo que hemos aprendido, es el momento de desaprender y expandir nuestra comprensión. Por eso, cuando nos perdemos en el camino, surge esta pregunta: ¿hacia dónde vas y por qué?
Y considero que, también, cada cierto tiempo, aun cuando pareciera que estamos en el camino correcto, se nos hace la misma pregunta para recordarnos el sentido de lo que hacemos.
Muchas veces creemos que estamos haciendo lo correcto, como Pablo. Él estaba tan convencido de que iba por el camino correcto que pidió permiso para ir a Damasco a arrestar cristianos y traerlos presos a Jerusalén. No estaba actuando desde la maldad, sino desde una convicción equivocada.
Y es ahí donde Dios lo detiene. En el camino, escucha una voz que le dice: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». No era solo una pregunta; era una invitación a detenerse y a mirar su corazón. En ese instante se quedó ciego. Esta fue la manera en que se apagó todo lo que Saulo creía ver; ya no estaba. Es decir, tuvo que quedar ciego para poder ver.
EL DESPERTAR A LA VIDA PLENA
Mi invitación en este escrito es a abrazar esos momentos de dolor, de duda y de oscuridad. Son momentos ideales para despertar a la vida plena que podemos tener en Jesús. No apreciaríamos tanto los momentos de luz si no existiera la oscuridad; no apreciaríamos el amanecer si antes no hubiera una noche.