La mayoría de nosotros crecimos con la idea de que la vida se rige por una lógica de retribución: “si haces el bien, te va bien; si haces el mal, te va mal”. Esta lógica está tan incrustada en nuestra cultura que hemos terminado por creer que podemos comprar a Dios, hacer de Dios una especie de genio de la lámpara que tiene la obligación de cumplir nuestros deseos solo porque hemos sido buenos.
Pero si somos honestos, la vida no es tan simple como una ecuación de recompensa y castigo. Se desmonta cuando pensamos en una madre que cría a sus hijos con amor y sacrificio, y de la noche a la mañana recibe el diagnóstico que empieza a apagar la vida de su hijo más pequeño. O en un hombre que trabaja veinte años de forma honesta, y un día la empresa quiebra y lo deja sin nada. Y por el otro lado, conocemos personas que no cumplen las reglas, pero la tragedia nunca toca su puerta.
La Biblia dice que Job era recto, apartado del mal. Y aun así lo pierde todo: sus hijos, su riqueza, su salud.
El relato comienza en una corte celestial. Ahí aparece Satanás, que significa “El acusador”. Y acusar es justo lo que hace.
En el desarrollo de la historia los acusadores cambian de forma: la esposa de Job, sus amigos. Los que se sientan con él en su dolor y, en lugar de acompañarlo, empiezan a explicarle por qué se lo merece. Algo tuviste que haber hecho, le dicen. Pero hay algo que se repite del principio al final: Dios nunca se une a la acusación. Dios habla bien de Job. Lo defiende delante del acusador. Y al cerrar la historia, es a los amigos — no a Job — a quienes Dios les dice que no hablaron con razón.
René Girard llegó a plantear algo parecido: que quizás el pecado original no es un acto aislado, sino este mismo mecanismo repetido generación tras generación — la necesidad humana de encontrar un culpable para sentirnos a salvo del sufrimiento que no entendemos.