Existe un estudio realizado por el neurocientífico Rick Hanson que muestra que los seres humanos estamos programados para enfocarnos más en los problemas que en las cosas positivas. Este estudio demostró que nuestro cerebro se aferra al miedo y a los problemas, y cuando nos suceden estas experiencias negativas tendemos a mantenerlas en nuestra mente por mucho tiempo después. Por otro lado, las experiencias positivas, como la gratitud, la alegría o la felicidad, tienden a pasar rápidamente y muchas veces no dejan una huella tan profunda en nosotros.
Rick Hanson menciona que para que una experiencia, un pensamiento o una emoción positiva deje una huella duradera en nuestras neuronas debemos sostenerlo conscientemente por al menos quince segundos. De esta manera, podemos reconfigurar nuestro cerebro y fortalecer las conexiones neuronales asociadas con la positividad y el bienestar. Esto es lo que se conoce como neuroplasticidad.
Desde un punto de vista más profundo, esto nos dice que para crecer espiritualmente es necesario prestar atención, es necesario cultivar y estar presentes en nuestros pensamientos y emociones buenas, no solamente día a día, sino a cada hora, y todo el tiempo. Es practicar estar presentes con un corazón agradecido. Es poner la mirada en las cosas buenas de la vida, prestarles atención y permanecer en ellas. En otras palabras, es enfocarnos en lo bueno, lo verdadero y lo bello.
Para llegar a amar a Dios, primero debemos amar las cosas más humildes y simples, y luego avanzar de ahí. Buenaventura
Este ejercicio es lo que muchas personas llaman “Contemplación”, y la contemplación nos lleva a despertar a nuestra verdadera identidad: una identidad hecha a la imagen y semejanza de Dios, una identidad que es en esencia buena. La práctica de darle nuestra atención plena a las cosas buenas, a lo verdadero y a lo bello del mundo nos recuerda quiénes ya somos desde el principio.
El libro de Génesis, que sostiene la historia de la creación del universo, de la tierra y de nosotros los seres humanos, si lo leemos con atención, nos daremos cuenta de que los seres humanos tenemos un inicio muy bueno.
Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza, y que domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, las bestias del campo y los reptiles que se arrastran por el suelo. Génesis 1:26
Lo que este pasaje está diciendo es que fuimos creados a la imagen y semejanza de Dios. Esto es algo muy bueno de nosotros los humanos, es algo inmenso de nosotros mismos. Pero muchas veces nos cuesta trabajo creerlo, e incluso batallamos para verlo.
Como dijo el Apóstol Juan en 1 de Juan 2:21: “No les escribo porque no conocen la verdad, sino porque ya la conocen.” Esta verdad de la que Juan habla es nuestra alma, o como la llama el profeta Jeremías, la “Ley grabada en nuestros corazones”, o en lenguaje cristiano lo conocemos como “el espíritu santo que habita en nosotros”. Esta es la verdad de la que habla Génesis, esto es algo que es parte de nosotros, es quienes somos realmente, pero muchas veces nuestra visión se nubla y batallamos para verlo. Y precisamente lo que hace la contemplación, o esta práctica de ver lo bueno, lo verdadero y lo bello de la creación (incluyendo a las otras personas y a nosotros mismos), nos limpia la visión, nos ayuda a reencontrarnos con nuestra identidad más profunda. Y no solamente eso, sino que nos hace amar más a Dios.
Mirar la puesta del sol que se esconde en el mar, mirar las hojas de los árboles que se mecen con el viento, mirar los ojos de alguien que amas, detenerse y escuchar el murmurlo de un río que corre sin detenerse, observar las manos pequeñas y delicadas de los bebés. Todo esto nos acerca a nuestra identidad más profunda y, al recordarnos esto, inevitablemente, también por consecuencia, nos une a unos con otros, nos une con toda la creación. Nos une con el propósito de Dios, que es la unión.
Curiosamente, algunos grupos cristianos dividen más de lo que incluyen, muchos de ellos limitan el cuidado de Dios solo a unos cuantos grupos de personas, pero la realidad es que Dios está en todo. De hecho, Jesús extendió la generosidad de Dios a los gorriones, a los lirios, a los asnos y a la hierba del campo…
«Miren las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni almacenan en graneros: sin embargo, el padre celestial las alimenta.»
(Mateo 6:26)
Mateo 6:28-29 dice: “Y por el vestido, ¿por qué se preocupan? observen cómo crecen los lirios en el campo: no trabajan ni hilan, pero les digo que ni siquiera Salomón con todo su esplendor se vestía como uno de ellos.”
Mateo 10:29 dice: “¿No venden pajarillos por una monedita? sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin que lo permita el padre.”
Cuando estamos separados de nuestra verdadera identidad, cuando vivimos en la ilusión de estar lejos de Dios, tendemos a separar también, tendemos a hacer distinciones, entre nosotros y ellos, ellos y nosotros, cuando Dios mismo nos dice que él está en todo y en todos.
Buenaventura, un teólogo del siglo XIII, escribió lo siguiente: “Para llegar a amar a Dios, primero debemos amar las cosas más humildes y simples, y luego avanzar de ahí. Pongamos nuestro primer paso en la ascensión en la base, presentándonos a nosotros mismos el mundo material entero como un espejo a través del cual podemos pasar a Dios, que es el supremo artesano” y añadió: “el poder supremo, la razón y la benevolencia del creador brillan a través de todas las cosas creadas.”
Lo que este texto nos dice es que para amar a Dios no es necesario empezar con cosas grandiosas, sino con lo más simple que nos rodea: con las cosas cotidianas, con la naturaleza. Nos dice que podemos ver todo el mundo como un espejo que refleja la presencia de Dios, incluso nosotros mismos podemos ser ese espejo.
Y probablemente has atravesado momentos en los que sientes que no avanzas, como si algo dentro de ti estuviera adormecido. Tal vez te preguntas si realmente hay un plan de Dios para tu vida, si de verdad Dios tiene preparado un lugar mejor para ti. La buena noticia es que cuando aprendemos a ver nuestra identidad más profunda, cuando aprendemos a ver la bondad inherente en nosotros mismos, en la creación y en los demás, se vuelve más fácil avanzar, se vuelve más fácil construir una buena vida, se vuelve más fácil entrar a esta vida plena que Dios nos promete. Cuando empezamos con una visión positiva de nosotros mismos, de la creación y de los demás, tendremos más posibilidades de desembocar en cosas aún más positivas. Seguramente a esto se refería Jesús cuando nos dijo: “Caven y caven profundo y construyan su casa sobre la roca”. Por otro lado, intentar construir sobre las cosas negativas sería “construir sobre la arena”. Como dijo el apóstol Pablo, solo hay tres cosas que permanecen: la fe, la esperanza y el amor, pero el mayor de ellos es el amor.
Este texto es una invitación para seguir construyendo, pero seguir construyendo desde el verdadero punto de partida, sabiendo que somos buenos, que existe la bondad dentro de nosotros, dentro de nuestro vecino, dentro de toda la creación. Entonces así lograremos alcanzar esa vida que Dios nos promete, esa vida que nos da propósito, que nos da ganas de vivir.
No existe una separación entre lo sagrado y lo cotidiano.
Jesús mismo lo dijo, el reino de Dios está dentro de nosotros, y Pablo nos recordaba que en Cristo “vivimos, nos movemos y existimos”. Cuando descubrimos nuestra verdadera identidad, también descubrimos que estamos hechos de lo mismo, del aliento de Dios.