Cerrar

Lectura

Una mirada profunda

Un recorrido sobre cómo la presencia activa de Dios impregna toda la creación y cómo el desarrollo de una mirada profunda transforma nuestra manera de reconocerlo en lo cotidiano.

26 jul 2026 12–15 minutos Abe del Castillo
En el principio Dios creó los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas cubrían la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Dijo Dios: “Sea la luz” y fue la luz. Génesis 1:1-3

Desde el principio hubo una presencia activa, una fuerza creativa. El Espíritu de Dios se derramó sobre la tierra vacía y la llenó por completo: las rocas, el agua, las plantas, los animales, los humanos. Todo lo visible es el derramamiento de Dios.

Lo confirma el apóstol Juan cuando escribe que todas las cosas fueron hechas por medio de él, y que sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. Cuando Juan usa ese pronombre —”él”— se refiere a Cristo, también llamado el Verbo de Dios o Logos: la palabra de Dios hecha acción. Esa presencia continúa hasta hoy en toda la creación. Es una expresión de Dios mismo.

Si somos honestos, muchas veces esta expresión de Dios en la creación no la consideramos sagrada. Tendemos a pensar que es simplemente un accidente bonito.

Ignoramos lo sagrado en la creación. No nos damos cuenta de que Dios está en las montañas, en los cielos, en los mares, en las personas a nuestro alrededor. Pero la realidad es que siempre ha estado ahí, desde el momento de la creación, revelando la gloria y la bondad de Dios desde ese mismo principio que narra Génesis.

El salmista lo dice de forma poética: los ríos baten palmas, las montañas cantan de alegría. Es una manera de nombrar la presencia viva de Dios en cada parte de la creación. O como lo dijo Pablo: solo existe Cristo; él lo es todo y está en todo.

Esto significa que no estamos separados de esa fuente. Cristo está presente en cada rincón del universo: en cada río que fluye, en cada árbol que crece, en cada persona que encontramos. Y sin embargo, muchas veces lo dejamos pasar.

LA DIFERENCIA ENTRE VER Y RECONOCER

Dios está siempre presente, y siempre se está mostrando a nosotros —a veces no de formas sobrenaturales o extraordinarias, sino en lo que parece ordinario, en lo normal. Marcos lo dice casi de pasada al final de su evangelio: se mostró, pero con otra forma. Eso ocurre justo después de que Cristo se apareciera a los discípulos.

Y si leemos los evangelios con atención, notamos algo curioso: quienes presenciaron las apariciones de Cristo no lo reconocieron de inmediato. Al final sí, pero no en ese primer instante. Ahí está la clave: la diferencia entre ver y reconocer. Muchos podemos ver a las personas frente a nosotros sin reconocer a Cristo en ellas.

Cada historia de resurrección en el Nuevo Testamento nos muestra esto mismo: Cristo se presenta de formas que no son claras ni inmediatas, pero que son reales y profundas.

Está en los dos discípulos que caminaban hacia Emaús, preocupados por lo que había pasado con Jesús días antes, cuando un aparente desconocido se les une en el camino. Ese desconocido es Cristo, pero al principio no lo reconocen. Como escribe Lucas, sus ojos estaban velados para que no lo reconocieran.

Está también días después de la crucifixión, cuando Cristo se aparece a los discípulos junto al mar, mientras preparan un fuego y asan pescado para compartir la mesa. Tampoco ahí lo reconocen de inmediato. La presencia de Dios estaba ahí, pero al principio sus ojos no lograban captarla. Juan lo narra así:

Cuando ya estaba amaneciendo, Jesús se acercó a la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. “Muchachos —les dijo Jesús—, ¿tienen algo de comer?” Ellos respondieron: “No.” Entonces él les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca y hallarán.” La echaron y ya no podían sacarla por la gran cantidad de peces. Entonces el discípulo a quien Jesús amaba le dijo a Pedro: “¡Es el Señor!” Al oír que era el Señor, Simón Pedro se ciñó la ropa, porque estaba desnudo, y se lanzó al agua. Juan 21:4-7

Y está en el jardinero que María Magdalena encontró junto a la tumba vacía. Solo cuando Jesús la llamó por su nombre, ella lo reconoció.

Estas historias nos acercan a Dios de una forma muy concreta: nos recuerdan que no está lejano. Que podemos experimentarlo en nuestra vida diaria, en lo ordinario, en lo material que tocamos y vemos. En una caminata, en una comida, en un jardín, en nuestra esposa, en nuestros hijos, en cada persona, en cada momento.

Hoy existe todo un sector del cristianismo que sigue esperando y orando por una salida de esta creación continua de Dios, esperando un rapto. Pero creo que eso es perder completamente el punto.

APRENDER A VER CON OJOS NUEVOS

Si aprendemos a ver con ojos nuevos, podemos ver con más claridad a Dios. Podemos experimentar su presencia en nuestras vidas, en la vida de los demás y en la creación entera.

Y la forma en que tú y yo podemos aprender a ver es desarrollando una mirada profunda. Una mirada profunda a las cosas, a las personas. Es la tarea de estar plenamente conscientes, de ser capaces de detenernos y contemplar.

Cuando vemos las cosas con profundidad y no solo por la superficie, dejamos de buscar apariciones espectaculares o momentos sobrenaturales. Empezamos a encontrar a Dios en una conversación con un amigo, en el nacimiento de un hijo, en la belleza del océano, en el olor de la tierra después de la lluvia, en una canción, en un poema.

Hace varios años tuve la idea de hacer un viaje con un par de buenos amigos al Mar de Cortés, al noroeste de México. Lo planeamos sin pensarlo mucho —éramos mucho más jóvenes que hoy— y el plan era simple: rentar un carro y manejar por la costa del Golfo de California hacia el sur, hasta que nuestros cuerpos no pudieran más.

Cargamos el tanque de gasolina y así empezó el viaje, pensando que quizás encontraríamos algo interesante en algún punto del camino. Llegamos a una playa donde no había nada ni nadie; el pueblo más cercano estaba a unos 20 km de ahí.

Comencé a caminar solo por la orilla del mar mientras mis amigos descansaban. El sol empezaba a esconderse, se escuchaban las aves de fondo y las olas.

Era una quietud que mi alma buscaba. Necesitaba detenerme, ver con nuevos ojos, reencontrarme conmigo mismo y con Dios. A medida que avanzaba fui recogiendo caracoles de mar mientras hablaba con Dios. Caminaba, oraba, y arrojaba al mar cada caracol, uno tras otro. Cada uno representaba alguna situación, alguna idea, cualquier cosa que estuviera nublando mi visión de esta realidad empapada del espíritu de Dios.

Cuando decidí regresar ya había anochecido. A lo lejos se veía el fuego de la fogata que mis amigos habían encendido, y al llegar los encontré asando salchichas. Nos recostamos sobre la arena y vimos las estrellas —casi irreales—, el reflejo de la luna sobre el mar, las conversaciones largas, honestas y liberadoras entre amigos, las risas, las confesiones, el sonido de las olas y la marea subiendo. Era algo hermoso y profundo que solo podía estar siendo orquestado por Dios.

Creo que esa noche todos coincidimos en que Dios estaba ahí también, sentado con nosotros frente a la fogata, comiendo y riendo.

Cuánta falta nos hace observar profundamente. Ver un atardecer. Ver las estrellas. Perdernos en una pintura. Derramar lágrimas por la belleza de una canción. Tener conversaciones profundas y honestas con las personas que amamos. Presenciar momentos que nos hacen vibrar el corazón.

¿Qué son esas cosas que están nublando tu visión de esta realidad empapada del espíritu de Dios? ¿Es alguna herida que te hicieron y que no te permite ver a Cristo en los demás? ¿Es un exceso de distracciones? ¿Es la rutina? ¿Es el ruido interno? ¿Es alguna idea equivocada de Dios?

La tarea espiritual es soltar el control y dejar que Dios limpie nuestra mirada. Cuando aprendemos a ver, descubrimos que la tierra entera está llena de su gloria, y que Dios no solo estuvo aquí en el tiempo de la creación, ni solo cuando Jesús caminó la tierra, sino que sigue estando hoy. Aquí. Ahora.

Casa Bandera